lunes, 25 de mayo de 2020
viernes, 8 de mayo de 2020
jueves, 7 de mayo de 2020
domingo, 3 de mayo de 2020
Hay que nacer de nuevo para relacionarse con Dios
En la época de Jesús había un hombre del partido de
los Fariseos[1] llamado
Nicodemo. Una persona muy importante entre los judíos, ya que era el gobernador
de Judá y miembro del Sanedrín[2].
Una noche, narra Juan en su evangelio (3:1-21), decidió visitar a Jesús porque
tenía curiosidad de saber quién era él, debido al auge de su fama entre los
judíos por las cosas que estaba haciendo en favor de los más necesitados.
Cuando ambos
estuvieron frente a frente, Nicodemo inicia su conversación con un alago por
los milagros que estaba haciendo en Judá, para luego caer en la pregunta que en
realidad fue hacerle. Le dice: - “Rabí[3],
sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los
milagros que Tú haces si Dios no está con él”. Jesús le contesta con una
advertencia que no guardaba relación con las palabras de este fariseo – “En verdad te digo que el que no nace de nuevo no
puede ver el reino de Dios”.
Según la respuesta de Jesús, aunque el evangelista
Juan no lo explicita en sus escritos, podemos deducir que el objetivo principal
de la visita de Nicodemo, un estudioso de las Escrituras y de las tradiciones
judaicas, era saber cómo se podía ver el reino de Dios, ya que tanto
Jesús como Juan el bautista, anunciaban que el reino de los cielos se había
acercado a la tierra. Entontes, la pregunta que estaba ardiendo en la mente de
Nicodemo podría ser- ¿cómo es posible ver el reino de los cielos desde la
tierra?
Jesús, en su naturaleza cien por ciento divina, que
conoce los pensamientos de los seres humanos antes de que éstos lleguen a su
mente, porque Él es Dios (Lucas 5:22), le responde su pregunta que aún no le
había hecho, con una verdad irrefutable: :”Hay que nacer de nuevo para ver
el reino de los cielos” (Juan 3:3) - como queriéndole decir; - Oye, si tu no naces
de nuevo nunca podrás ni ver ni mucho menos ir al reino de Dios, porque el
mucho conocimiento no te llevará a él.
- Pero ¿cómo es
posible, si soy un hombre religioso, conocedor de las Escrituras y guardo todos
los mandamientos desde mi juventud? ¿No
soy un hombre de Dios y creo en él?
¿Cómo es que ahora tengo que volver a nacer para ver el reino de Dios?
¿Y de qué manera puedo volver al vientre de mi madre siendo ya grande?
Es posible que este bombardeo de preguntas estuvieran
dando vuelta en el cerebro de este fanático de la religión judía. Podemos ver
esto como una posibilidad, ya que es normal que un erudito bíblico o algún
predicador experimentado de la Palabra de Dios o un creyente fiel con muchos
años en el ejercicio de su fe, si Jesús u otra persona versada en la Biblia le
dijera que para ir al cielo tiene primero que nacer de nuevo, estas serían las
preguntas que como un relámpago llegarían a su mente.
Entonces,
siguiendo el hilo de su diálogo con el Maestro, le hace la pregunta clave que
cualquier humano le hubiese hecho en su caso: - ¿Cómo puede un hombre
nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su
madre y nacer? (Juan 3:4)
Jesús sigue
insistiendo en su advertencia: - “En verdad te digo que el que no nace de
agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del
Espíritu, espíritu es. No te asombres de que te haya dicho: tienen
que nacer de nuevo. El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido,
pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquél que es nacido del
Espíritu” (Juan 3:5-8)
Con esta profundas
y filosóficas palabras sobre el viento, Jesús le está diciendo a Nicodemo, que,
así como él escucha el sonido del viento y lo puede sentir en su piel, sin
verlo, ni saber de dónde viene ni hacia dónde va, que sopla por donde él quiere;
y que, aunque lo intentara no podría explicarlo; pero sí podía dar testimonio
de su existencia. Así son las cosas del Espíritu. No podemos explicarlas, pero
sí sentirlas y ver sus obras. Aunque no lo vemos, pero si podemos sentirlo
obrando dentro de nosotros.
Luego, encontramos
a Juan, a quien todos llamaban el bautista, porque bautizaba en las aguas del
rio Jordán para el perdón de los pecados, a aquellos que mostraban
arrepentimientos, diciéndoles que él los bautizaba en agua pero que detrás de
él venía uno, que era primero que él, y que él no conocía, que los iba a
bautizar en Espíritu y fuego (Mateo 3:11).
Jesús le estaba
explicando a Nicodemo que no había que volver al vientre de su madre, como
dijo, para nacer de nuevo, sólo había que reconocer que era un pecador,
arrepentirse de cada una de sus malas acciones, y sumergirse en el agua en el
bautizo de Juan, como simbología de sepultar por fe sus pecados, y salir de ahí
dispuesto a caminar por el camino de Dios y andar siempre con Dios haciendo lo
correcto. Esto es nacer del agua.
Luego, Cristo nos bautiza con su Espíritu
Santo para estar siempre con nosotros y en nosotros, a fin de que nos ayude a
ir creciendo en el conocimiento pleno del carácter y naturaleza de Dios, a
caminar con Jesucristo y a mantener una relación íntima con el Padre Dios. Nos
va perfeccionando en la Palabra de Dios, aumenta nuestra fe y nos capacita para
que andemos como es digno del Señor Jesús, agradándole en todo, llevando frutos
de buenas obras (Colosenses 1:10). Esto es nacer del espíritu.
El Espíritu Santo cambia nuestra antigua manera, egoísta y
vanidosa. de ver y vivir la vida. Derrama el amor de Dios en nuestros corazones
y nos lleva a mantener una relación íntima con Él. Nos impulsa a amar a nuestro
prójimo como nos amamos a nosotros mismos (Gálatas 5:25-26). Toma de lo de
Cristo y nos lo da a conocer, y nos dará a entender todas las cosas que han de
venir (Juan 16:13-14). Y de nuestro interior corren ríos de agua vivía (Juan
7:38).
Es el Espíritu Santo que convence al mundo de pecado,
justicia y juicio. De pecado, por cuanto no creen en el
Hijo de Dios; de justicia, por cuanto Cristo subió al Padre y no lo vemos; y de
juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado (Juan
16:8-11).
El que recibe el
nuevo nacimiento a través del Espíritu Santo no sabe explicar cómo es el
proceso ni se puede dirigir así mismo. Sólo sabe que el Espíritu lo lleva a
donde Él quiere que vaya y hace lo que Él quiere que haga; muchas veces sin
entenderlo. Pero sí puede dar testimonio del cambio que ha experimentado en su
vida después de su nuevo nacimiento.
El bautizo en el
Espíritu Santo es diferente al don de hablar en un lenguaje espiritual. Son dos
cosas diferentes que debemos tener bien claro. Hablar en lengua es un don que
da el Espíritu Santo a quien él quiera, para su propia edificación y/o la
edificación de la congregación, siempre y cuando aparezca alguien que tenga el
don de interpretación, de lo contrario, no ayuda para nada (1 Corintios
14:4-5). El bautizo es la presencia permanente del Espíritu Santo con y en el
creyente, es decir, a su lado y dentro de él, poseyendo su cuerpo como templo
de Dios (1 Corintios 6:19-20; 14:1-4).
En relación con este nuevo nacimiento,
el apóstol Pablo nos exhorta: - “En cuanto a la
pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a
los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del
nuevo hombre (Cristo), creado según Dios en la justicia y santidad de la
verdad” (Efesios 4:22-24).
¿Por qué hay que bautizar el creyente en agua siendo
adulto y no cuando niño?
Aunque todos nacemos con la naturaleza pecaminosa,
herencia del primer hombre, Adán, no quiere decir que los bebés ya han cometido
pecados al nacer. Los ejemplos que nos da la Biblia sobre el bautizo en agua es
de adultos. El mismo Jesús dio ejemplo de esto. Siendo de treinta tres años, y
sin cometer ningún pecado, fue y le pidió a Juan el bautista que lo bautizara,
a fin de que nos sirviera como ejemplo; y a la vez, cumplir con todo lo
establecido en el Plan perfecto de Dios sobre la redención de los humanos.
La Biblia nos demuestra que el bautizo no es para
bebés ni infantes. Estos no tienen conocimientos de su condición ante Dios, ni
han realizado ninguna acción que desobedezca sus estatutos y ordenanzas. El bautizo en agua el apóstol Pablo lo llama
el bautizo del arrepentimiento (Hechos 19:4).
Un adulto es bautizado cuando reconoce que se ha
portado mal con Dios, que ha desobedecido su Palabra, se arrepiente de sus
malas acciones y confiesa públicamente que es un pecador; luego es sumergido en
agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; como el mismo Jesús
ordenó que hicieran con todos los que creyeran en su nombre (Mateo 28:19).
Y esto en consonancia simbólica de su muerte y
sepultura, y su resurrección de los muertos para darnos la nueva vida que
necesitamos para entrar y disfrutar del reino de Dios. - “Porque
somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que
como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva. (Romanos 6:4).
La inauguración del bautizo en el
Espíritu Santo sucedió el día que los ciento veinte discípulos, con sus respetivas
familias nucleares, estaban reunidos en el aposento alto, el día de la fiesta
de Pentecostés, en obediencia a las palabras del Señor Jesús, cuando unos
minutos antes de su ascensión al lado de su Padre, les dijo; - ... “que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen
la promesa del Padre, la cual oísteis de mí.
Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis
bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos
1:4-5).
A partir de esa primera vez, todos los que
creían en Jesús, tanto judíos como extranjeros, eran bautizados en agua y en
Espíritu Santo por la imposición de las manos de los apóstoles (Hechos 4:31;
8:14-16; 10:45; Efesios 1:13)
Un ejemplo vivo
del nuevo nacimiento en agua y en Espíritu, requerido por Jesús para entrar al
reino de los cielos, lo encontramos en el testimonio del apóstol Pablo; quien
no anduvo con Jesús durante su ministerio terrenal ni fue testigo ocular de las
obras que hizo. Si no, que treinta años después de Jesús ascender a la diestra
del Padre, lo vemos en la narrativa del inicio de su historia en el contexto
bíblico como un religioso fanático del judaísmo.
Este era un
maestro de la ley mosaica y de las tradiciones judaicas, que creía con firmeza
en Dios, pero no creía en Jesús. Éste, pensando que estaba haciendo lo correcto
ante los ojos de Dios, y que le estaba sirviendo, se dedicó a perseguir a los
cristianos haciendo prisioneros a los hombres y a las mujeres que creían y predicaran
el evangelio de Jesús. Es decir, a todos los que demostraban públicamente que eran
cristianos (Hechos 9:1-31).
El escritor del
libro de los Hechos, Lucas (historiador y médico), dice que este hombre llamado
Saulo (en hebreo) y Pablo (en griego), que también era fariseo, respirando
amenazas contra los cristianos, se dirigía de Jerusalén a la ciudad de Damasco
acompañado de una escolta, posiblemente hombres del ejército, con una
autorización escrita de las autoridades competentes para apresar a todos los
que estuvieran en la sinagoga hablando en el nombre de Jesús.
Y mientras iba por
el camino, un refulgente rayo de luz venido del cielo cayó sobre él, tumbándolo
al suelo, a la vez que escuchó una potente y autoritaria voz, que, llamándolo
dos veces por su nombre, le preguntó por qué lo perseguía. Él, lleno de miedo, con su corazón pulsando
sangre de forma desmedida, con su rostro en tierra y su mirada perdida al ver
todo oscuro, pues la luz lo había dejado ciego, temblando de miedo, le
preguntó: - ¿Señor quién eres? ... - Yo soy Jesús, a quien tu persigues.
Dura cosa te es dar coces (puntapié) contra el
aguijón”. - le respondió la
misma voz que había escuchado, él y sus acompañantes. Luego Jesús le ordenó que
entrara a la ciudad y que esperara allí para decirle lo que iba hacer (Hechos
9:6).
Después de tres
días sin ver ni comer, ni beber, mientras se encontraba en la casa de uno
llamado Judas, ubicada en la calle primera, en la ciudad de Damasco, Jesús
envió a uno de sus discípulos que vivía en la misma ciudad, llamado Ananías,
para que orara por Saulo y recobrara la visión, ya que éste lo había visto en
visiones mientras oraba. Y Ananías así
lo hizo.
Pablo recuperó la
vista, escuchó la voz de Jesús y creyó en él, y le abrió la puerta de su
corazón. Se arrepintió de sus malas acciones y fue bautizado en agua (Hechos
9:17-18). Luego fue bautizado por el Espíritu Santo (Hechos 13:9). Y de esta
manera nació de nuevo. A partir de entonces su vida fue totalmente nueva. Jesucristo le cambio su corazón: de un
corazón duro y cruel, le dio un corazón piadoso, bondadoso y amoroso.
Dedicó el resto de sus años a vivir por y para
Cristo (Filipenses 1:2; Gálatas 2:20), llevando el evangelio por todas las
naciones, pueblos y ciudades, diciendo que Cristo era el Hijo de Dios. Pablo, de
un fanático religioso del judaísmo, perseguidor de los cristianos, pasó a ser
un fanático del Evangelio del Señor Jesús, perseguidor de los pecadores para
traerlos al arrepentimiento y a la vida eterna. Se convirtió en el misionero
del evangelio de Cristo para los gentiles.
Tanto el
testimonio de Nicodemo, quien, al igual que Pablo, creyó en Jesús, le abrió la
puerta de su corazón, y experimentó su nuevo nacimiento en agua y en espíritu,
pues luego se convirtió en su discípulo (Juan 7:50) y el testimonio de Pablo,
nos enseñan que ser religiosos, creyentes en Dios y feligreses activos o pasivos
de una denominación, no importa cuál sea esta, no nos llevará a ver y a entrar en
el reino de los cielos. El único requisito para disfrutar de esta experiencia
es el establecido por el Señor Jesucristo: el nuevo nacimiento de agua y de Espíritu, a
trasvés de la fe en su gracia redentora.
Nacer de agua y de
Espíritu es el primer paso para iniciar nuestro caminar con Dios como hijos
legítimos, creados por Él mismo en Cristo Jesús, para un nuevo estilo de vida
bajo su gracia y misericordia, basado en el fundamento de su evangelio: el
amor y el perdón. Y para que seamos
coherederos juntamente con Jesucristo de los lugares celestiales (Efesios 2:6;
Romanos 8:17).
Escuchar, creer,
abrir la puerta del corazón a Jesús, y nacer de nuevo del agua y del espíritu,
son las acciones que nos llevan a tener y mantener una relación íntima y
personal con el Padre Dios, con Dios Hijo y Dios espíritu Santo. Esto no es
meterse en una religión ni ser miembro de una congregación. Esto es pura
relación directa y personal con el Dios viviente, nuestro Creador y Salvador.
¿Qué
significado tiene el agua en la Biblia?
El agua es el fundamento de la vida. Un recurso
crucial para la humanidad y para el resto de los seres vivos. Contribuye a la
estabilidad del funcionamiento del entorno y de los seres y organismos que en
él habitan. Por tanto, es un elemento indispensable para la subsistencia de la
vida animal y vegetal del planeta. Es decir, que "el agua es un bien de
primera necesidad para los seres vivos y un elemento natural imprescindible en
la configuración de los sistemas medioambientales". Y nuestro organismo
está constituido en su mayor parte por agua, por lo que dejaría de funcionar si
esta le faltara.
En la Biblia, el agua es símbolo de lavamiento y
purificación. El lavamiento en agua después de algún acto de contaminación ya
sea por una enfermedad, por contacto con alguna persona muerta o por las
secreciones después del coito en una relación sexual, o por el fluido menstrual
de una mujer, el lavarse las manos antes de tomar alimentos y lavarse los pies antes
de entrar en una casa, son ordenanzas de la Ley de Moisés. Esto era necesario
hacer para evitar la contaminación del cuerpo y que hubiese un brote de
enfermedades crónicas que afectaran a toda la población hebrea, llevándola a
una muerte masiva.
¿Por qué Jesús dice que hay que nacer del agua?
Hay que nacer del agua para evitar la muerte eterna a
través de la contaminación de todo nuestro ser por el pecado, la peor
pandemia que al mundo entero siempre ha afectado en todas las épocas de la
historia de la humanidad, para no perder la entrada al reino de Dios. Jesús le
dice a Nicodemo que es necesario nacer del agua y del espíritu: del agua,
como lavamiento de las impurezas de nuestro ser por causa de nuestra naturaleza
pecaminosa, herencia de Adán, nuestras inmoralidades corrupción y pasiones pecaminosas;
y porque sin santidad nadie podrá ver el rostro de Dios ni acercarse a su reino
de gloria.
El sumergirse en las aguas de un río para ser
bautizado, no significa que ya hemos sido perdonados de todos nuestros pecados.
Esto es una simbología de la confesión pública de que por la sangre de Cristo somos
purificados y que con él nos crucificamos y sepultamos. La fe y el Espíritu
Santo es lo que hace posible en nosotros el nuevo nacimiento y el crecimiento
en el conocimiento de la Palabra de Dios.
Nacer del Espíritu Santo es darle apertura a nuestro espíritu
para que busque su identidad en Cristo y entienda la razón de su existencia, y
el sentido de amar y perdonar siempre; primero a nosotros mismos, y luego a nuestro
prójimo. El amar y perdonar a los demás es
vivir apegado al fundamento del evangelio de Cristo. Si hemos experimentado el
nuevo nacimiento en Jesucristo, la primera señal es que comenzamos a amar y a
perdonar las ofensas de los demás, aún a los enemigos, de manera indecible, y
procuramos estar en paz con todos. “El que no ama no ha conocido a Dios,
porque Dios es amor” (1Juan 4:8).
¿Cómo sabemos que hemos nacido del Espíritu?
Los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza
de Dios. Somos la imagen de Cristo, tenemos un espíritu para relacionarnos con
Dios, ya que Él es un espíritu, y debemos adorarlo en espíritu y en
verdad.
El diccionario Webster define el término espíritu como
«el principio animado y vital; lo que da vida al organismo físico en
contraste con sus elementos materiales; el soplo de la vida». Es la
entidad abstracta, tradicionalmente considerada como la parte inmaterial que,
junto con el cuerpo o parte material, constituye el ser humano; y se le
atribuye la capacidad de sentir y pensar.
Los seres humanos somos esencialmente espirituales
porque traemos inherente en nosotros la necesidad de hacernos cuestionamientos
fundamentales o sustanciales, a fin de tratar de comprendernos a nosotros
mismos; y encontrar respuestas a nuestras inherentes preguntas: ¿De dónde vengo
y hacia dónde voy? ¿Por qué nací? ¿Cuál es el significado de mi vida? ¿Qué hace
que mi vida valga la pena? ¿Qué hace que siga hacia delante cuando me siento
cansado/a, deprimido/a o frustrado/a? ¿Qué hace que todo valga la pena? ¿Por
qué hay que respetar la vida? ¿Quién es Dios? ....
Desarrollar nuestra inteligencia espiritual en el
conocimiento de la Palabra de Dios y en la fe de Cristo, nos lleva a ver
nuestras vidas en un contexto más amplio y significativo, lleno de esperanza,
paz, amor y perdón. Nos conduce a encontrar el sentido y el valor de todo lo
que hacemos y experimentamos. A la vez, nos motiva a ir más allá de nosotros
mismos y más allá de nuestro presente.
El ser humano, desde tiempos muy remotos, antes de la
manifestación de Cristo como hombre, ha venido haciendo caminos para acercarse
a un ser superior o varios seres superiores a él, para llenar el vacío de su
espíritu. Por eso encontramos en la historia de muchas culturas de la
antigüedad adorando a diferentes dioses creados por su imaginación.
Desde que Dios se le reveló a Abraham y al pueblo de
Israel en sentido general, muchos pueblos de la tierra, en diferentes épocas,
han decidido convertirse en monoteísta y dejar a tras el politeísmo. Y se han
trillado un sin números de caminos alegando que todos nos llevan a Dios.
Cada religión tiene el suyo propio. Caminos que a
todos les parecen rectos, pero son caminos que los llevan directamente a la
muerte (Proverbios 14:12). No todos los caminos religiosos conducen a Dios. ¿No
es a Dios que todos buscamos?, como muchos se preguntan hasta con ironía.
Según la Biblia, el que piensa de esta manera ya está
perdido. Pero tiene la oportunidad de cambiar de idea. Solo tiene que revisar
las sendas por donde andan sus pies. Pararse en el camino y preguntar por las
sendas antiguas y averiguar cuál es el buen camino que lo llevaría al reino de
Dios, y decidirse caminar por él, si así lo desea, ya que es libre para tomar
sus propias decisiones, (Jeremías 6:16).
¿Y cuál sería este buen camino del que se refiere el profeta
Jeremías? Jesús, con gran autoridad, firmeza y seguridad les dijo a sus
discípulos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre,
sino por mí” (Juan 14:16). Cristo es el único camino, fuera de él no hay
otro.
En conclusión, para dar el primer paso en el camino de
Cristo, primero hay que reconocer y sentirse dolido por los pecados cometidos,
porque por naturaleza todos somos pecadores delante de Dios (Romanos 3:23).
Segundo, arrepentirse de sus amalas acciones y apartarse de los malos caminos;
y tercero, venir a Jesús por fe y recibir su perdón que nos dio en la cruz.
Luego, nacer
del agua y de su espíritu Santo. Entonces, el creyente inicia un largo proceso
de transformación a lo largo de toda su vida por medio del evangelio de
Jesucristo y los principios de la fe establecido por Él. Su vieja manera de vivir
y creer, herencia de sus antepasados, es cosa del pasado, ahora todas las cosas
les son hechas nuevas en el espíritu de Cristo (2 Corintios 5:17).
La Biblia nos enseña la importancia de nacer
verdaderamente en el Señor Jesús; y nos muestra, a la vez, lo equivocado que
están algunos que dicen ser cristianos, aún dentro de las mismas iglesias
llamadas cristianas o evangélicas, pues estos creen que han nacido a la vida nueva
que el Señor Jesús ofrece y siguen viviendo al estilo del mundo presente, a su
vieja manera egocéntrica de vida. De ahí que muchos son “convencidos” en
cuanto a Dios y su Palabra, la Biblia, pero no están convertidos a la
vida nueva que Jesucristo ofrece en el evangelio del reino de Dios.
Nacer en Cristo, es vivir como él vivió y hacer las
buenas obras que el hizo cuando estuvo aquí en la tierra. Tratar de imitar su carácter
y forma de ser.
[1] Uno
de los tres partidos prominentes dentro del judaísmo en los tiempos de Jesús
(los fariseos, los saduceos y los esenios), los fariseos fueron los más
influyentes, pues eran más.
[2] Fue el más
alto tribunal judío durante los períodos griegos y romanos.
[3] Uno que
instruye y que imparte conocimientos, ya sea de verdades religiosas o de otros
asuntos, como un don divino (Efesios 4:11).
lunes, 2 de diciembre de 2019
Ensayo sobre la vida y obra de hombres escogidos para una misión especial en el Nuevo Testamento, primera parte
José el
carpintero, Juan el bautista y Esteban el mártir
La Biblia es un conjunto de
libros pequeños, escritos por diferentes hombres, en distintas épocas y de
diferentes clases sociales, que escribieron siguiendo un mismo objetivo: dar a
conocer a la humanidad el plan de salvación del Padre Dios a través de la
muerte de su Hijo Jesús, el Cristo, para los hombres y las mujeres que creyeran
en él, judíos y gentiles (personas no judías), esclavos y libres, sin importar
la etnia a la que perteneciera (1 Corintios
1:22; 12:13).
Desde Génesis a Apocalipsis,
encontramos la historia y hechos de hombres y mujeres, creyentes o no en un único
Dios, campesinos, ricos y pobres, reyes y lacayos, hombres del burgo sin letras
y hombres letrados, religiosos en todas las esferas de la religiosidad del
contexto bíblico, que fueron elegidos desde antes de su nacimiento para cumplir
una misión especial dentro de los diferentes pactos que Dios hizo con el hombre
en las distintas dispensaciones.
Entre estos hombres escogidos
son contados José de Nazaret, el carpintero, Juan el Bautista y Esteban, primer
mártir cristiano, pertenecientes al Nuevo Testamento. Tres hombres de Dios que trabajaron para el
reino de los cielos por una misma causa: el plan de Salvación para la humanidad
con ministerios muy cortos, pues murieron a temprana edad.
José de
Nazaret tenía la misión de proteger y cuidar del Mesías niño y adolescente,
como su padrastro; Juan el bautista, preparar el camino para que el Cristo
desarrollara su ministerio terrenal; y Esteban, anunciar las buenas nuevas de
salvación por medio de la muerte del Mesías, y a la vez, ser el primer mártir del
cristianismo.
¿Quién fue José? Su misión en el plan de Dios
(Mateo 1:1-25; Lucas 1:26-27; 2:1-6,16,41-48)
Mateo (apóstol de Jesús) y
Lucas (médico-historiador, colaborador del ministerio del apóstol Pablo), son
los únicos en toda la Biblia que en sus evangelios sinópticos nos hablan de
José el padre adoptivo de Jesús, sobre su genealogía, el tipo de relación que
tenía con María, la madre de Jesús, en el momento de su embarazo, y la clase de
hombre que fue en su rol de padre.
Ambos escritores, junto con
Marcos, narran con más detalles el nacimiento, vida y ministerio de Juan
Bautista, especialmente Lucas, ya que para escribir su evangelio realizó una
investigación minuciosa de todos los acontecimientos sobre la vida de Jesús y
sus obras en diferentes fuentes, pues él no había sido testigo ocular del
ministerio terrenal de Cristo.
José, padre adoptivo de Jesús,
aparece en el escenario bíblico sólo en la narrativa de la infancia de Jesús. Lucas nos dice que era del linaje del rey
David, descendiente de Zorobabel, gobernador de Judá, el que reinició por
mandato de Jehová Dios, a través del profeta Hageo, la reconstrucción del
templo, después del regreso del exilio del primer grupo de los judíos que se
encontraban desterrados en Babilonia por el rey Nabucodonosor.
Era biznieto de Eleazar, nieto
de Matán, hijo de Jacob (Mateo 1:16). Nació en Belén de Judá y vivía en Nazaret,
procedente de una familia muy humilde y pobre. Su oficio era la carpintería
(Lucas 2:4, 24).
Fue un hombre de fe, conocedor
de las profecías de los profetas del Antiguo Testamento que habían anunciado la
llegada del Mesías prometido, el Cristo.
La simiente de la mujer que heriría a la serpiente antigua en la cabeza.
Aquella que había hecho caer en desobediencia a Adán y Eva, y con ellos al
género humano, vendiéndolos al pecado (Génesis 3:15). La misma simiente
prometida siglos después a Abraham, para que en ella fuera bendita todas las
familias de la tierra (Hechos 3:25; Gálatas 3:16).
La historia del desarrollo del
cumplimiento del pacto de Dios revela la participación directa de la familia de
los hombres escogidos desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). El Mesías también debía de nacer dentro de
una familia nuclear, con el apoyo moral, social y económico de un padre y una madre
para que creciera sano, fuera alimentado y educado como cualquier niño normal,
y tuviera un origen paternar, aunque no fue engendrado por hombre alguno.
Y esta fue la misión que
Yahweh le encomendó a José de Nazaret.
Un hombre respetuoso de la ley de Moisés. Cuando se enteró que María, su
comprometida, estaba embarazada y que no era de él, determinó romper el
compromiso con ella, pero por compasión quiso hacerlo secretamente, sin tomar en
cuenta las acostumbradas medidas religiosas y sociales que condenaba a muerte a
la mujer que cometiera adulterio, la cual debía morir apedreada por el público
en una plaza pública (Mateo 1:18-25; Isaías 7:14).
Pero, sorprendido por una
revelación angelical, en una visión nocturna mientras dormía, comprendió y
aceptó por fe la concepción milagrosa del bebé de su prometida y se dispuso a
cumplir a cabalidad su importantísima misión que como hombre de Dios lo había
traído a la tierra, con gran compromiso, entrega y responsabilidad, como
protector y guardián del Mesías. Luego se casó legalmente con María, pero no
tuvo relación íntima con ella hasta que el niño nació (Mateo 1:16,18-25).
Entonces, para el pueblo de
Nazaret, Jesús nació como hijo de José, el humilde y trabajador carpintero
(Mateo 13:55; Juan 1:45; 6:4). Aunque para muchos era el fruto de la
fornicación de María con otro hombre (Juan 8:41).
Según Mateo y Marcos, después del
nacimiento de Jesús, José y María tuvieron hijos e hijas, entre ellos cuatro
varones (Mateo 13:55-56; Marcos 6:3). Fue un padre responsable. Trabajó
arduamente para la mantención de la familia.
Un hombre conocido por las gentes de su pueblo como trabajador y honesto.
Siempre estuvo pendiente del cuidado del niño Jesús.
» ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María,
y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus
hermanas con nosotros? ¿Dónde, pues, obtuvo éste todas estas cosas?» (Mateo
13:55).
Se cree que José murió después de que Jesús iniciara su ministerio, porque cuando éste estaba en la cruz encomendó a
Juan, el apóstol, el cuidado de María su madre, lo que nos lleva a deducir que
ésta, para entonces, ya era viuda (Juan 19:26).
Juan Bautista: vida y misión en
el plan de Dios
(Mateo
3:1-17; 14:3-12; Lucas 1:5-25, 39-41, 57-66,80; 3:1-30; Marcos 1:1-8
Precursor de Jesús que recibió
el apodo de “Bautista” o “el que bautiza”, debido a la característica de su
ministerio, pues, bautizaba en agua a todos los que se arrepentían de sus
pecados. Nació seis meses antes de Jesús. Su nacimiento fue anunciado por el
ángel Gabriel a su padre en circunstancias muy especiales, el cual le profetizó
que: “Sería grande delante de Dios. No bebería vino ni cidra, y sería lleno
del Espíritu Santo desde el vientre de su madre.
Haría que muchos de los hijos
de Israel se convirtieran al Señor Dios. e iría delante de Él con el
espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres
a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, a fin de preparar
para el Señor un pueblo bien dispuesto. (Lucas 1:13-17).
Juan Bautista pertenecía al
linaje sacerdotal. Era hijo del profeta y sacerdote Zacarias, de la clase de
Abías, y Elizabet, de las hijas de Aaron, prima de María, la madre de Jesús, la
cual lo tuvo en su ancianidad ya que era estéril.
El día que María fue a pasar
unos meses con su prima Elizabet, la cual vivía en la montaña de Judá, después
de que el ángel Gabriel le dijera que ella también esperaba un hijo, cuando llegó
y la saludó, Juan saltó en el vientre de
su madre, y fue en ese momento que recibió al Espíritu Santo (Lucas 1:39-44).
Juan pasó la mayor parte de
sus años viviendo en el desierto de Judá hasta el día que se dio a conocer
públicamente. Vestía con pelos de camello y un cinturón de cuero. Se alimentaba con langostas y miel silvestre. Era muy valiente. Le llamó “camadas
de víboras” a los fariseos y saduceos que venían a él para ser bautizados,
y los mandaba a que dieran verdaderos frutos de arrepentimiento. El eslogan de
sus prédicas era: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha
acercado” (Mateo 3:2).
Entonces, venían a él personas
de Jerusalén, de Judea y toda la región alrededor del Jordán, confesaban sus
pecados y los bautizaba en el río Jordán, diciéndoles: “Yo, en verdad, los
bautizo a ustedes con agua para arrepentimiento, pero Aquél que viene detrás de
mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de quitar las sandalias de sus
pies. Él los bautizará con el Espíritu
Santo y con fuego. La horquilla está en su mano y limpiará completamente su
era; y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que no
se apaga” (Marcos 3:1-12).
Juan Bautista aparece en la
historia bíblica como el profeta del Señor en el año 26 o 27 d.C., para que se
cumpliera las palabras del profeta Isaías cuando dijo: “Voz que clama en el
desierto: preparad camino a Jehová, enderezad calzada en la soledad a nuestro
Dios. Todo valle sea alzado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” (Isaías
40:2-3, Mateo 3:1). Jesús lo comparó con Elías y lo destacó como
el más grande profeta y como el testigo verdadero del Mesías (Marcos 9:10-13).
Fue encarcelado por Herodes
Antipas, quien se había casado con su cuñada Herodías, porque él denunciaba públicamente
los actos inmorales y corruptos que ambos cometían. y por petición de la hija de
Herodías, fue decapitado, mientras el rey celebraba una fiesta ), en
la fortaleza Maqueronte, en Perea, donde se encontraba encarcelado. Y llevaron su cabeza en una
bandeja a la celebracion (Juan 5:1; 3:24). Murió siendo muy joven.
Juan invitaba a los judíos a
ser bautizados. Su bautismo era de agua únicamente como preparación para el
bautismo mesiánico en el Espíritu Santo, profetizado muchos años antes por el
profeta Joel (Joel 2:28). Su ministerio fue muy corto.
Consistió en preparar la llegada de la era mesiánica. Fue desarrollado en una
amplia zona despoblada de Samaria y Judea, en el valle del Jordán, seguido y apoyado por un grupo de fieles
discípulos (Mateo 3:1;
Lucas 1:8; Marcos 1:4; 6:29).
La lealtad de sus discipulos hacia él
es manifestada en su preocupación por el gran auge de la popularidad de Jesús,
su renuencia a abandonarlo en su encarcelamiento, el cuidado reverente que le
dieron a su cuerpo después de su muerte, y el hecho de que 20 años más tarde aún
había discípulos suyos, incluyendo a Apolos, el versado judío de Alejandría en
Éfeso (Hechos 19:1-7).
Su mensaje de arrepentimiento
para el perdón de pecados repercutió entre el pueblo y los dirigentes
religiosos, y su autoridad fue tan evidente que inquietó grandemente a los
fariseos. Y la severidad de sus prédicas y su apariencia física hizo que el
pueblo recordara a Elías, para que se cumpliera lo que el ángel Gabriel le
había dicho a su padre Zacarias (Lucas 1:17).
Aunque Jesús y Juan era
primos, parece ser que Juan no supo que Jesús era el Mesías hasta que vio al
Espíritu Santo descender sobre él mientras lo bautizaba. Nunca hicieron vida
juntos, por lo que no se conocían (Juan 1:32-34). Les enseñó a sus discípulos
sobre la misión de Jesús, según el Espiritu Santo le revelaba (Juan 3:1-36). La práctica central de sus enseñanzas
era la oración y el ayuno.
Esteban: vida y ministerio
(Hechos
6:1-15; 7:1-60; 8:1-2; 11:19; 22:20)
Uno de los siete diáconos
(ministros o servidores) propuestos por la iglesia de Jerusalén y elegidos por
El Espíritu Santo para ayudar a los apóstoles en el servicio a los pobres,
especialmente, las viudas y los huérfanos (Hechos 6:1-7). Un hermano y
discípulo fiel a Dios y a los apóstoles, destacado por la gracia, poder y
sabiduría que manifestaba en el servicio que brindaba con mucha entrega y amor
en la iglesia, especialmente en las enseñanzas de las Escrituras.
Fue más que un simple servidor
que atendía las necesidades de los pobres. Su ministerio fue más allá. Hizo
grandes prodigios y señales, enseñó en la sinagoga y allí debatió con los
judíos de la diáspora. Hechos capítulo 7 registra la notable apología (justificación)
de éste ante el Sanedrín, un tiempo después de la muerte y ascensión de
Jesús. Sus enseñanzas excitaban la
hostilidad de los judíos y su argumentación sin respuesta los irritaba aún más
(Hechos 6:11-45), ya que atacaba severamente las tradiciones judaicas.
Resaltó en
su último discurso que quienes habían dado muerte al Señor Jesús y que ahora resistían
su evangelio eran los legítimos hijos de los que siempre se habían opuesto a
los profetas. Acusación que impulsó su condena a muerte, acusado de blasfemo.
Luego, cuando exclamó, que
veía al “Hijo del hombre a la diestra de Dios” (Hechos 7:56), la multitud
enfurecida lo sacó de la ciudad y lo apedreó. Era la primera vez que el título
Hijo de Hombre era escuchado en otros labios que no fueran los de Jesús, en el
Nuevo Testamento. Y antes de morir manifestó un espíritu semejante al de
Jesucristo, al pedirle a gran voz al Señor que no tomara en cuenta este pecado
de los que le apedreaban . Y de esta manera se convirtió en el
primer mártir del cristianismo (Hechos 7:60).
El discurso de Esteban es la
alocución más larga del libro de los Hechos (7:2-53), lo que indica que, para
Lucas, a quien se le atribuye la autoría de este libro, es un sermón tan
importante, que no se podía desperdiciar ningún detalle, ya que registra la
relación de Dios con el pueblo desde su pacto con Abraham hasta la era
mesiánica con Jesús: su muerte y resurrección; y el cumplimiento en él de las profecías de los profetas. Además, revela la reverencia de Esteban hacia
Jehová Dios y su respeto a la Ley de Moisés. El objetivo de su mensaje era probar que la presencia
y la gracia de Dios no se limitaba a un país o santuario en particular.
La muerte de Esteban sirvió
para que los discípulos se dispersaran hacia diferentes pueblos y ciudades, y
donde quiera que llegaban predicaban el evangelio de Cristo. Cumpliendo de esta
manera la última ordenanza que Jesús les dio antes de ascender a la diestra del
Padre, de ir por todo el mundo a predicar el evangelio (Mateo 28:18-20).
Pablo, que aún no había tenido
su encuentro con Cristo, estuvo presente entre los acusadores de Esteban, como
miembro del Sanedrín y responsable de perseguir y encarcelar a la iglesia de
Jesucristo (Hechos 7:58;8:1-2; 22:20).
Como resumen final, es atinado
resaltar una expresión del pueblo cristiano que reza: “Dios obra por senderos
misteriosos”. Y es así. ¡Quién le hubiese dicho a José el carpintero mientras construía
casas de madera que había sido escogido para realizar una misión tan importante, como ser el
protector del Hijo de Dios mientras crecía y se convertía en un hombre adulto!
¡Y cuándo iba Esteban a pensar
que al convertirse a Cristo iba a ser el primer mártir de su causa! Ninguno de
los dos sabían que habían sido escogidos desde antes de nacer para estos fines
por el Dios de la vida. El único que sí sabía
el propósito de Dios para su vida en este mundo fue Juan, porque sus padres habían
sido informados por el ángel Gabriel antes de concebirlo.
La vida de estos tres hombres
de Dios nos enseñan que también cada creyente en Cristo ha sido llamado al
reino de los cielos con un propósito. Sólo tenemos que disponer nuestros corazones
y nuestros oídos para escuchar la voz de Jesucristo al llamarnos y ver la misión
que nos corresponde hacer en esta tierra. Y levantarnos, esforzarnos y ser
valiente, y con mucha fe poner manos a la obra, que el Espíritu Santo se
encarga de capacitarnos.
lunes, 30 de septiembre de 2019
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