martes, 29 de mayo de 2018

Mi carácter refleja mis principios y valores morales







El carácter nos define como persona 
La palabra carácter viene del vocablo griego “charáttein”, que en sus orígenes se refería a las impresiones estampadas sobre una moneda o un sello. En las monedas, las marcas determinaban su valor, y en los sellos, los signos los hacían reconocibles y comprensibles a la vez.  Ambos le dan  identidad al pueblo que los utiliza, aún en nuestros tiempos. 
Cuando este término es aplicado a los seres humanos, posee un significado muy parecido a estos conceptos, porque se refiere a aquellas marcas o signos que hacen posible reconocer al individuo a través de sus actitudes conductuales. LAS MARCAS implican la adherencia a los principios morales que revela consistentemente en su manera de conducirse socialmente, y LOS SIGNOS son el valor moral que posee como ser humano, que lo hace reconocible y comprensible a la vez.
El carácter es determinado por la influencia de la herencia y el medio ambiente. Son conductas y actitudes adquiridas por el individuo durante la interacción con su entorno desde sus primeros años de vida hasta la adolescencia, y un poco más allá. Lo que significa que el carácter es una construcción social, y como construcción puede desbaratarse para hacerlo de nuevo. En otras palabras, los malos hábitos, los deseos desenfrenados y las actitudes dañinas estampadas en el individuo pueden desaprenderse para volver a aprender y convertirse en una persona de bien para si misma y para los sujetos de su entorno social, así como, con el medio ambiente en sentido general.     
La voluntad juega un papel muy importante para que este proceso de reconstrucción se dé, ya que ella determina el nivel en que las corrientes del pensamiento y el brote de emociones son iniciados y controlados.
Si la balanza del carácter del individuo se inclina hacia las pasiones desordenadas y al cultivo de malos hábitos, ese individuo se convierte en un ser depravado y vicioso. Pero si, al contrario, sabe controlar sus apetitos y deseos corrompidos, y aprende a formar buenos hábitos, va modelando para sí mismo un carácter recto, fuerte y virtuoso; ya que la finalidad principal de la formación de esta cualidad de la personalidad es desarrollar el espíritu de las personas.
 ¿Cómo se desarrolla el carácter en las personas?
El desarrollo del carácter de las personas está sometido a un proceso y va tomando consistencia a medida que el individuo: 
a)    Va recopilando y organizando el conocimiento.
b)     Aprende a controlar su atención y sus impulsos.
c)      Va cultivando su memoria.
d)    Va desarrollando su imaginación. 
e)    Sabe guiar sus intereses y deseos.
f)      Pone frenos a sus emociones dañinas. 
g)     Sabe usar sus juicios y el sentido común. 
h)     Razona sus decisiones antes de seleccionarlas.
La formación del carácter es el tema más importante de la vida. No es solamente el fundamento en el que descansa la dignidad individual de las personas, también depende de él el bienestar social colectivo, la fuerza de la civilización y el desarrollo de los pueblos. 
Reconocer los puntos débiles de nuestro carácter nos puede ayudar a ir modelando nuestra forma de actuar y de pensar en pro de ser un ente de actitud positiva, inclinado siempre hacia las buenas obras, capaz de tener control de sí mismo, y de ser tolerante y respetuoso de las ideas y el derecho de los demás.    

lunes, 30 de abril de 2018

Mis relaciones como cristiano o cristiana, según la Biblia






Una mirada reflexiva a través del espejo


El espejo no guarda secretos, 
es totalmente indiscreto

Guillermina Izquierdo Reinoso

     El espejo no esconde ningún secreto. Es el objeto más indiscreto.  Para la mayoría de las mujeres, especialmente si son adolescentes o adultas jóvenes, es su mejor amigo. Lo llevan consigo a todos lados.  Hasta la pantalla de su móvil lo confunden con uno de ellos.  Mientras que, para otras es su enemigo. Lo usan con reservas y por una necesidad extrema. Temen que, al colocarse frente a él, comience a subrayarle cada uno de sus defectos y le diga- “oye, te estas poniendo vieja, … qué fea te ves…”- y se meten en pánico, entonces, comienzan a hacer planes para verse mejor. Otras, tratan de ignorarlo para evitar sus miedos.

     ¿Y que tal de los hombres?   Los narcisistas lo adoran. Cuando se encuentran con algunos de ellos no resisten la tentación de explorar cada rincón de su cuerpo. Sacan los músculos para ver cuán desarrollados están o que tan macho se ven. Para ellos no es un objeto indiscreto, sino su pana, porque le subraya lo bello de su cuerpo. Mientras que, para otros, sólo es un guía para higienizar o retirar su barba. No se detienen a meditar sobre sus defectos.

      En la Biblia encontramos un espejo especial. En la puerta del tabernáculo (Lugar donde los hebreos tenían colocada el arca del Testamento y Dios hablaba al pueblo a través del sumo sacerdote) había una fuente de bronce con su base cubierta de espejos. Esta fuente era para que Aarón y sus hijos (sacerdotes levitas) se lavaran bien las manos y los pies antes de entrar al lugar santo. Y mientras se lavaban, debían mirar a través de los espejos sus impurezas, y hasta que no estuvieran bien limpios no debían entrar, porque podían morir (Éxodo;30:17-21; 38:8;).

    No solo encontramos en la Biblia este tipo de espejo. En cada libro podemos ver varios de ellos, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, enmarcados en la vida de hombres y mujeres históricos que le creyeron a Dios e hicieron su voluntad. Que siendo humanos tan imperfectos como nosotros/as, fueron transformados con un propósito y hoy nos sirven de espejos para ver nuestras imperfecciones en sus tres dimensiones: alma, cuerpo y espíritu, y poder convertirnos en mejores personas, que sigan también un propósito. Espejos que reflejan lo que está más allá de nuestros ojos.

   Pero hay algunos grupos extremistas que no les interesan esos espejos, sino algunos conceptos del Antiguo Testamento, a fin de satisfacer su ego; por lo que han hecho un estrato con las cosas que les conviene, creando espejos de grandeza y poder. Llegándose a creer que son los únicos dueños de Dios (Jehová, Yahvé, Alá (Allāh)). Sus favoritos. los puros. Los demás, como son infieles, no tienen derecho ni siquiera a estar vivos, y buscan todos los medios para hacerlos desaparecer de la tierra. 

   Otros diferentes a éstos, dicen creer en Dios, pero le tienen pánico a la Biblia y al concepto Cristo, porque se han encontrado con algún falso maestro que la ha fraccionado a su antojo, para manipular la voluntad de sus seguidores y hacer con ellos todo lo que satisface sus intereses, llegando hasta a escribir su propia biblia. Sus feligreses los siguen bajo hipnotismo.

    Hay quienes la leen por religiosidad o por hábitos simplemente, o al azar, o la tienen siempre abierta en el Salmo 91, como si fuera un espanta pájaros. Evitan o no les interesa detenerse ante los espejos.  Temen tener un encuentro con sigo mismos y ver todo lo que llevan por dentro. Están muy apegados a la vanidad de su mente y a la religión que le enseñaron sus ancestros, que no le permite ver mas allá de sus ojos. Se sienten bien como están, pero su espíritu no crece.  

    Cuando te encuentras ante espejos como el de Jesús o de algunos de sus discípulos, o en el espejo de los mandamientos de Moisés (dictados por Jehová Dios) y te detienes ante ellos, verás al desnudo tu alma, la manera de cómo actúa y piensa tu espíritu, y cómo anda la salud de tu cuerpo. Si reflexionas sobre tus impurezas, tu vida puede cambiar y con ella, el mundo.

   Al mirarnos en el espejo de Moisés (Éxodo 20), por ejemplo, descubrimos que matar física y/o psicológicamente a alguien está prohibido, porque la vida la da Dios, y sólo Él puede quitarla cuando quiera. Además, te puedes dar cuenta que no debes desear la mujer o el marido ajeno, porque eso es adulterio, y los adúlteros no tienen parte en el reino de los cielos. Con tan sólo desearlo en tu mente, ya estás en falta con Dios. Tampoco debes desear ningunos de sus bienes, pues cada uno tiene derecho a poseer lo suyo y a tener un rinconcito en este mundo. Y debes esforzarte para obtenerlo por tus propios medios. Esto es tratar de procurar la paz.

     Y cuando te miras en el espejo del Señor Jesús, descubres que debes perdonar a los que te ofenden, orar por los enemigos, bendecir a los que te maldicen y te ultrajan (Mateo 5:44), así como, amar a tu prójimo como te amas a ti mismo/a y  no hacer con ellos lo que no quieres que hagan contigo;  y amar a Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente y  corazón (Marcos 12;31,33), por encima de toda la vanidad de tus pensamientos, deseos y pasiones carnales, y demás cosas.  

    Si te detienes a reflexionar ante los espejo de los profetas, cuyas voces insisten en que debes ser amable, misericordioso/a, bondadoso/a, amoroso/a, tolerante, solidario para con todas las personas que te rodean; además de que, puedes amar a tu mujer como amas y cuidas de ti mismo, que puedes amar y respetar a tu marido, y que no es difícil amar y cuidar de tus hijos e hijas sin abusar de ellos, y que los hijos deben honrar en el Señor a sus padres, para así tener éxitos en la vida y morir de vejez; entonces, empiezas a comprender que puedes darle otro giro a tu vida. Que tus imperfecciones pueden ser curadas y que puedes cambiar, y hacer que cambie el mundo.

   En la fuente del tabernáculo solamente podían lavarse Aarón y sus hijos para limpiar sus impurezas con agua. Pero cuando Jesús se entregó como ofrenda a morir en la cruz por nuestras impurezas, su sangre llenó esa fuente y la puso a disposición de todo el que recibiera su sacrificio, y por medio de la fe, se meta en ella y se lave de cuerpo entero, por dentro y por fuera, y naciera de nuevo. Pero, sin olvidar que hay un requisito previo, el mirarse en el espejo de la fuente primero, reconocer su imperfecciones, pecados y delitos, sentir dolor y arrepentirse de cada uno de ellos, para tener derecho a sumergirse luego en la fuente y salir de ella totalmente limpio a iniciar una vida nueva.

     ¡¿Por qué es tan difícil creer en esto y ponerlo en práctica?!  ¿A quién le hace daño que yo quiera ser limpio/a, diferente, transformado/a, para mi propio bien y el bienestar de los demás? ¿Por qué tenerle miedo a mirarme en los espejos de la Biblia, si soy capaz de leer todo lo que caiga en mis manos sin ningún problema y me atrevo a imitar a otros con facilidad sin tomar en cuenta que tipo de personas son? 

    ¿Por qué no indagar de manera personal sobre el carácter y la vida de Cristo, a fin de tratar de vivir y ser como él, si sus enseñanzas no son gravosas? ¿Por qué negarlo, si somos capaces de escuchar y serle fiel a las mentiras de los engañadores y manipuladores? ¿Por qué tenerle miedo a lo que refleje de mí el espejo? ¿Por qué ignorarlo, si él solo trata de mostrarme mis debilidades para que intente superarlas?

     Detengámonos ante nuestro espejo y dejemos que refleje todas nuestras impurezas, no sólo las que están a simple ojos, sino, aquellas que guardamos en el alma. Aquellos pensamientos e ideas que tenemos encerrados en nuestro espíritu que no nos dejan tener paz ni relacionarnos con respeto, tolerancia y amor con los demás. Que no nos dejan avanzar como un buen ser humano, sin egoísmo. ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no ir a la fuente a lavarnos? No hay nadie perfecto en este mundo. Perfecto es sólo  Dios Padre, el  Señor Jesús y el Espíritu Santo, los tres en uno que dan testimonio en el cielo.











miércoles, 11 de abril de 2018

EL ARREPENTIMIENTO DE CORAZÓN ALCANZA EL PERDÓN




¡¿Un gusto al año, no hace daño?!
¡Un gustazo, un trancazo!

Guillermina Izquierdo Reinoso

     Muchas personas usan con frecuencia dichos como: “un gusto al año no hace daño” “un gustazo, un trancazo”. Es la manera de decir- “aunque sé que hacer esto o aquello puede dañar mi cuerpo, mi alma o mi espíritu, y hasta las personas que amo, lo voy a hacer, porque un gusto en la vida vale la pena, y una vez al año no hace daño”. Sus ojos se ensanchan ante el objetivo visualizado. El corazón se agita de emoción y las maripositas revolotean en el estómago sin parar, hasta haber cumplido con el gustazo o el deseo, que casi siempre es desordenado y pecaminoso, entonces se da lo del dicho “un gustazo, un trancazo”.

      Y luego del gustazo dado nos llega el amargo sabor de lo que hicimos. Nuestra alma se entristece y pierde la paz. Nuestro espíritu nos presenta la orden “ARREPIÉNTETE”, como el titilar de una estrella grande ante nuestros ojos. El corazón nos duele. Pasamos días con un gran malestar en todo nuestro cuerpo. Hasta llegamos a decir- “me arrepiento de haber hecho esto o tal cosa”, “no debí haberme metido en esto”.

      Hay quien llega hasta arrepentirse con sinceridad y permanecer un tiempo sin volver a incurrir en el hecho. Pero como la naturaleza humana se inclina más hacia el mal, vuelve a sus mismos vómitos sin pensarlo dos veces. Mientras que, para otros, el arrepentimiento es tan fuerte que se allegan a un consejero espiritual o a un profesional de la conducta buscando ayuda para sanar, porque por sí mismo no lo pueden lograr, o simplemente confiesan su pecado al ser que ofendió, prometiendo no volver a cometer el hecho. Esperan con paciencia que el tiempo borre su amargor. Y es posible que lo logre, siempre y cuando tenga la madurez suficiente para someter su voluntad hacia el bien.

     Pero son muchos que giran dentro de un circulo vicioso de arrepentimientos y volver al gustazo, hasta que llega el día en que el gustazo, aunque cada vez más los trancazos sean más fuertes, se les convierte en algo normal o natural- “Lo que quiero lo tengo a como dé lugar, aunque me lleve quien no me trajo y aunque mi conciencia me siga diciendo, que lo que hago está mal”. Sigue en sus pasiones desordenadas y desobedeciendo a Dios, como si no tuviera que darle cuentas a nadie, y no sabe que un día todos hemos de dar cuentas a Dios de cada cosa que hicimos (Eclesiástes 11:9, Apocalipsis 20:12,13; Hebreos 9:27) y hasta de las que dejamos de hacer, que debíamos haber hecho.  

     No solo el ser humano en algún momento de su vida les llega este sentimiento, el arrepentimiento, también Dios, el creador del universo y de todo ser viviente, en varias ocasiones, se sitió dolido y arrepentido (Génesis 6:5,6) de haber creado a la especie humana, viendo que esta siempre se inclinaba a hacer el mal. Se daña a sí misma y destruye a los demás sin contemplación. Violenta con frecuencia las leyes, principios y normas establecidas por su Creador para la preservación de su vida y la buena interacción social en colectividad.

     La primera vez que Dios tuvo este sentimiento, ideó un plan para hacer desaparecer de la faz de la tierra a todo lo que había creado, no solo al ser humano, también a todos los animales, pues era grande su arrepentimiento y el dolor que sentía por haberlos creados (Génesis 6:7).  Envió un gran diluvio que no paró durante 40 días con sus noches, hasta que todo desapareció de la superficie de la tierra. Solo se salvó Noé, y con él su esposa, sus tres hijos con sus esposas y los animales seleccionados. Un hombre correcto y justo ante los ojos de Dios (Génesis 7:7,21).

     Después de este acontecimiento, Jehová Dios, volvió a tener este sentimiento. Se arrepintió de haber destruido su creación con un diluvio. Su arrepentimiento fue tan genuino, que hizo un pacto con Noé de no volver a destruir la tierra con agua. Y como recordatorio de este acuerdo hizo aparecer en las nubes un arco colorido, el cual aparece desde entonces, después de caer la lluvia, hasta hoy, conocido con el nombre de arcoíris  (Génesis 9:11-17).  De ahí el origen de este fenómeno natural.  
  
     El arrepentimiento es la alerta que nos da nuestro espíritu, impulsado por el Espíritu de Dios, cuando hemos hechos algo que nos ha producido dolor, preocupación e inquietud, que nos aleja de Dios, que daña nuestro cuerpo  y nos quita la paz.

     Jehová Dios, en su infinito amor y misericordia (Romanos 5:8)  hizo un último pacto con los seres humanos, a través de su Hijo Jesús. Lo entregó para que muriera crucificado en una cruz, en plena flor de su juventud, sin nunca haber cometido ningún tipo de delito, a fin de pagar la deuda del hombre y de la mujer que venían arrastrando desde el huerto Edén, cuando desobedecieron por primera vez a Dios.

      En este nuevo acuerdo se pacta que todo el que creyera en Jesucristo y recibiera su gran sacrificio, y se arrepintiera de todo corazón e hiciera morir su cuerpo al pecado (Romanos 8:10), éste alzaría el perdón y estaría libre de la ira venidera de Dios, que aún está vigente, a causa del dolor y el arrepentimiento que siempre ha sentido de haber creado al ser humano, por su constante desobediencia, y alcanzaría la salvación, no solo la de su alma para la vida en la eternidad, sino, para vivir armoniosamente y en amor con Dios y su prójimo durante su estadía en la tierra.  

     La persona que se contrista por sus hechos y delitos, y se arrepiente con todo su ser, y si busca el perdón de Dios con fe, de seguro que lo encontrará (Salmo 51:17). Luego, Jesucristo le da las fuerzas, si se mantiene fiel a sus enseñanzas (Filipenses 4:13), para que no vuelva a caer en el círculo vicioso del pecado, ya que Él está consiente de que somos carne, y como carne, somos muy débiles. Entonces, Espíritu Santo viene y hace su papel, le habla a esa persona para ponerla en alerta cuando se encuentre amenazada por la tentación. Le ayuda en sus debilidades e intercede por ella ante el Padre Dios (Romanos 8:26).

     El que se arrepiente de verdad de sus acciones pecaminosas, da testimonio y frutos de arrepentimiento (Mateo 3:8).  No solo dice con palabras que está arrepentido/arrepentida y que no lo volverá a hacer, sino, que hace una auto-orden de alejamiento del punto de contaminación para siempre. Pero antes, debe crucificarse con Cristo y nacer de nuevo del agua y del Espíritu, para adquirir la naturaleza de Dios, ya que hemos sido creados a su imagen y semejanza, y vivir una vida de obediencia y sometimiento a su Palabra. Y si tenemos una recaída, como puede suceder porque somos débiles, tenemos a Jesucristo, quien es nuestro abogado y nos levanta (1 Juan 2:1). Pero lo que nuca debemos hacer es pecar deliberadamente.     
   




¡Imposible no verte!