miércoles, 30 de mayo de 2018
martes, 29 de mayo de 2018
Mi carácter refleja mis principios y valores morales
El carácter nos define
como persona
La palabra carácter viene del vocablo
griego “charáttein”, que en sus orígenes se refería a las impresiones
estampadas sobre una moneda o un sello. En las monedas, las marcas determinaban
su valor, y en los sellos, los signos los hacían reconocibles y comprensibles a la
vez. Ambos le dan identidad al pueblo que los utiliza, aún en nuestros tiempos.
Cuando este término es aplicado a los
seres humanos, posee un significado muy parecido a estos conceptos, porque se
refiere a aquellas marcas o signos que hacen posible reconocer al individuo a
través de sus actitudes conductuales. LAS MARCAS implican la adherencia
a los principios morales que revela consistentemente en su manera de conducirse socialmente, y LOS SIGNOS son el valor moral que posee como ser
humano, que lo hace reconocible y comprensible a la vez.
El carácter es determinado por la
influencia de la herencia y el medio ambiente. Son conductas y actitudes
adquiridas por el individuo durante la interacción con su entorno desde sus
primeros años de vida hasta la adolescencia, y un poco más allá. Lo que significa que el carácter es
una construcción social, y como construcción puede desbaratarse para hacerlo de
nuevo. En otras palabras, los malos hábitos, los deseos desenfrenados y las
actitudes dañinas estampadas en el individuo pueden desaprenderse para volver a aprender y convertirse en
una persona de bien para si misma y para los sujetos de su entorno social, así
como, con el medio ambiente en sentido general.
La voluntad juega un papel muy
importante para que este proceso de reconstrucción se dé, ya que ella determina el nivel en que
las corrientes del pensamiento y el brote de emociones son iniciados y
controlados.
Si la balanza del carácter del individuo
se inclina hacia las pasiones desordenadas y al cultivo de malos hábitos, ese
individuo se convierte en un ser depravado y vicioso. Pero si, al contrario, sabe
controlar sus apetitos y deseos corrompidos, y aprende a formar buenos hábitos,
va modelando para sí mismo un carácter recto, fuerte y virtuoso; ya que la
finalidad principal de la formación de esta cualidad de la personalidad es desarrollar el espíritu de
las personas.
¿Cómo se desarrolla el carácter en las personas?
El desarrollo del carácter de las personas está sometido a un proceso y va tomando consistencia a medida que el individuo:
a) Va recopilando y organizando el conocimiento.
b) Aprende a controlar su atención y sus impulsos.
c) Va cultivando su memoria.
d) Va desarrollando su imaginación.
e) Sabe guiar sus intereses y deseos.
f) Pone frenos a sus emociones dañinas.
g) Sabe usar sus juicios y el sentido común.
h) Razona sus decisiones antes de seleccionarlas.
a) Va recopilando y organizando el conocimiento.
b) Aprende a controlar su atención y sus impulsos.
c) Va cultivando su memoria.
d) Va desarrollando su imaginación.
e) Sabe guiar sus intereses y deseos.
f) Pone frenos a sus emociones dañinas.
g) Sabe usar sus juicios y el sentido común.
h) Razona sus decisiones antes de seleccionarlas.
La formación del carácter es el tema más
importante de la vida. No es solamente el fundamento en el que descansa la dignidad
individual de las personas, también depende de él el bienestar social colectivo,
la fuerza de la civilización y el desarrollo de los pueblos.
Reconocer los puntos débiles de nuestro carácter
nos puede ayudar a ir modelando nuestra forma de actuar y de pensar en pro de ser
un ente de actitud positiva, inclinado siempre hacia las buenas obras, capaz de tener control de sí
mismo, y de ser tolerante y respetuoso de las ideas y el derecho de los demás.
viernes, 25 de mayo de 2018
miércoles, 9 de mayo de 2018
lunes, 30 de abril de 2018
Una mirada reflexiva a través del espejo
El
espejo no guarda secretos,
es totalmente indiscreto
Guillermina Izquierdo Reinoso
El espejo no esconde ningún
secreto. Es el objeto más indiscreto. Para
la mayoría de las mujeres, especialmente si son adolescentes o adultas jóvenes,
es su mejor amigo. Lo llevan consigo a todos lados. Hasta la pantalla de su móvil lo confunden
con uno de ellos. Mientras que, para
otras es su enemigo. Lo usan con reservas y por una necesidad extrema. Temen
que, al colocarse frente a él, comience a subrayarle cada uno de sus defectos y
le diga- “oye, te estas poniendo vieja, …
qué fea te ves…”- y se meten en pánico, entonces, comienzan a hacer planes
para verse mejor. Otras, tratan de ignorarlo para evitar sus miedos.
¿Y que tal de los hombres? Los narcisistas lo adoran. Cuando se
encuentran con algunos de ellos no resisten la tentación de explorar cada
rincón de su cuerpo. Sacan los músculos para ver cuán desarrollados están o que
tan macho se ven. Para ellos no es un objeto indiscreto, sino su pana, porque
le subraya lo bello de su cuerpo. Mientras que, para otros, sólo es un guía
para higienizar o retirar su barba. No se detienen a meditar sobre sus
defectos.
No solo encontramos en la
Biblia este tipo de espejo. En cada libro podemos ver varios de ellos, desde el
Antiguo al Nuevo Testamento, enmarcados en la vida de hombres y mujeres
históricos que le creyeron a Dios e hicieron su voluntad. Que siendo humanos tan
imperfectos como nosotros/as, fueron transformados con un propósito y hoy nos
sirven de espejos para ver nuestras imperfecciones en sus tres dimensiones: alma,
cuerpo y espíritu, y poder convertirnos en mejores personas, que sigan también
un propósito. Espejos que reflejan lo que está más allá de nuestros ojos.
Pero hay algunos grupos extremistas
que no les interesan esos espejos, sino algunos conceptos del Antiguo Testamento,
a fin de satisfacer su ego; por lo que han hecho un estrato con las cosas que
les conviene, creando espejos de grandeza y poder. Llegándose a creer que son
los únicos dueños de Dios (Jehová, Yahvé, Alá (Allāh)). Sus favoritos. los puros. Los demás,
como son infieles, no tienen derecho ni siquiera a estar vivos, y buscan todos
los medios para hacerlos desaparecer de la tierra.
Otros diferentes a éstos, dicen
creer en Dios, pero le tienen pánico a la Biblia y al concepto Cristo, porque
se han encontrado con algún falso maestro que la ha fraccionado a su antojo, para
manipular la voluntad de sus seguidores y hacer con ellos todo lo que satisface
sus intereses, llegando hasta a escribir su propia biblia. Sus feligreses los
siguen bajo hipnotismo.
Hay quienes la leen por
religiosidad o por hábitos simplemente, o al azar, o la tienen siempre abierta
en el Salmo 91, como si fuera un espanta pájaros. Evitan o no les interesa detenerse ante los
espejos. Temen tener
un encuentro con sigo mismos y ver todo lo que llevan por dentro. Están muy
apegados a la vanidad de su mente y a la religión que le enseñaron sus ancestros, que no le permite ver mas allá de sus ojos. Se sienten bien como están, pero su espíritu no
crece.
Cuando te encuentras ante
espejos como el de Jesús o de algunos de sus discípulos, o en el espejo de los
mandamientos de Moisés (dictados por Jehová Dios) y te detienes ante ellos, verás
al desnudo tu alma, la manera de cómo actúa y piensa tu espíritu, y cómo anda
la salud de tu cuerpo. Si reflexionas sobre tus impurezas, tu vida puede cambiar
y con ella, el mundo.
Al mirarnos en el espejo de
Moisés (Éxodo 20), por ejemplo, descubrimos que matar física y/o psicológicamente a alguien
está prohibido, porque la vida la da Dios, y sólo Él puede quitarla cuando
quiera. Además, te puedes dar cuenta que no debes desear la mujer o el marido
ajeno, porque eso es adulterio, y los adúlteros no tienen parte en el reino de
los cielos. Con tan sólo desearlo en tu mente, ya estás en falta con Dios.
Tampoco debes desear ningunos de sus bienes, pues cada uno tiene derecho a
poseer lo suyo y a tener un rinconcito en este mundo. Y debes esforzarte para
obtenerlo por tus propios medios. Esto es tratar de procurar la paz.
Y cuando te miras en el espejo
del Señor Jesús, descubres que debes perdonar a los que te ofenden, orar por
los enemigos, bendecir a los que te maldicen y te ultrajan (Mateo 5:44), así
como, amar a tu prójimo como te amas a ti mismo/a y no hacer con ellos lo que no quieres que hagan
contigo; y amar a Dios con todas tus
fuerzas, con toda tu mente y corazón (Marcos
12;31,33), por encima de toda la vanidad de tus pensamientos, deseos y pasiones
carnales, y demás cosas.
Si te detienes a reflexionar
ante los espejo de los profetas, cuyas voces insisten en que debes ser amable,
misericordioso/a, bondadoso/a, amoroso/a, tolerante, solidario para con todas
las personas que te rodean; además de que, puedes amar a tu mujer como amas y
cuidas de ti mismo, que puedes amar y respetar a tu marido, y que no es difícil
amar y cuidar de tus hijos e hijas sin abusar de ellos, y que los hijos deben
honrar en el Señor a sus padres, para así tener éxitos en la vida y morir de
vejez; entonces, empiezas a comprender
que puedes darle otro giro a tu vida. Que tus imperfecciones pueden ser curadas
y que puedes cambiar, y hacer que cambie el mundo.
En la fuente del tabernáculo
solamente podían lavarse Aarón y sus hijos para limpiar sus impurezas con agua.
Pero cuando Jesús se entregó como ofrenda a morir en la cruz por nuestras
impurezas, su sangre llenó esa fuente y la puso a disposición de todo el que
recibiera su sacrificio, y por medio de la fe, se meta en ella y se lave de
cuerpo entero, por dentro y por fuera, y naciera de nuevo. Pero, sin olvidar
que hay un requisito previo, el mirarse en el espejo de la fuente primero,
reconocer su imperfecciones, pecados y delitos, sentir dolor y arrepentirse de
cada uno de ellos, para tener derecho a sumergirse luego en la fuente y salir
de ella totalmente limpio a iniciar una vida nueva.
¡¿Por qué es tan difícil creer en esto y
ponerlo en práctica?! ¿A quién le hace
daño que yo quiera ser limpio/a, diferente, transformado/a, para mi propio bien
y el bienestar de los demás? ¿Por qué tenerle miedo a mirarme en los espejos de
la Biblia, si soy capaz de leer todo lo que caiga en mis manos sin ningún problema
y me atrevo a imitar a otros con facilidad sin tomar en cuenta que tipo de personas son?
¿Por qué no indagar de manera
personal sobre el carácter y la vida de Cristo, a fin de tratar de vivir y ser
como él, si sus enseñanzas no son gravosas? ¿Por qué negarlo, si somos capaces
de escuchar y serle fiel a las mentiras de los engañadores y manipuladores?
¿Por qué tenerle miedo a lo que refleje de mí el espejo? ¿Por qué ignorarlo, si
él solo trata de mostrarme mis debilidades para que intente superarlas?
Detengámonos ante nuestro espejo
y dejemos que refleje todas nuestras impurezas, no sólo las que están a simple
ojos, sino, aquellas que guardamos en el alma. Aquellos pensamientos e ideas
que tenemos encerrados en nuestro espíritu que no nos dejan tener paz ni
relacionarnos con respeto, tolerancia y amor con los demás. Que no nos dejan avanzar como
un buen ser humano, sin egoísmo. ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no ir a la
fuente a lavarnos? No hay nadie perfecto en este mundo. Perfecto es sólo Dios Padre, el Señor Jesús y el Espíritu Santo, los tres en
uno que dan testimonio en el cielo.
miércoles, 11 de abril de 2018
EL ARREPENTIMIENTO DE CORAZÓN ALCANZA EL PERDÓN
¡¿Un
gusto al año, no hace daño?!
¡Un
gustazo, un trancazo!
Guillermina Izquierdo Reinoso
Muchas personas usan con frecuencia dichos
como: “un gusto al año no hace daño” “un
gustazo, un trancazo”. Es la manera de decir- “aunque sé que hacer esto o aquello puede dañar mi cuerpo, mi alma o mi espíritu, y hasta las personas que amo, lo voy a hacer, porque un gusto en la
vida vale la pena, y una vez al año no hace daño”. Sus ojos se ensanchan
ante el objetivo visualizado. El corazón se agita de emoción y las maripositas
revolotean en el estómago sin parar, hasta haber cumplido con el gustazo o el
deseo, que casi siempre es desordenado y pecaminoso, entonces se da lo del dicho
“un gustazo, un trancazo”.
Y
luego del gustazo dado nos llega el amargo sabor de lo que hicimos. Nuestra
alma se entristece y pierde la paz. Nuestro espíritu nos presenta la orden “ARREPIÉNTETE”, como el titilar de una estrella grande ante nuestros ojos. El
corazón nos duele. Pasamos días con un gran malestar en todo nuestro cuerpo.
Hasta llegamos a decir- “me arrepiento de
haber hecho esto o tal cosa”, “no debí haberme metido en esto”.
Hay
quien llega hasta arrepentirse con sinceridad y permanecer un tiempo sin volver
a incurrir en el hecho. Pero como la naturaleza humana se inclina más hacia el
mal, vuelve a sus mismos vómitos sin pensarlo dos veces. Mientras que, para
otros, el arrepentimiento es tan fuerte que se allegan a un consejero
espiritual o a un profesional de la conducta buscando ayuda para sanar, porque
por sí mismo no lo pueden lograr, o simplemente confiesan su pecado al ser que
ofendió, prometiendo no volver a cometer el hecho. Esperan con paciencia que el
tiempo borre su amargor. Y es posible que lo logre, siempre y cuando tenga la
madurez suficiente para someter su voluntad hacia el bien.
Pero son muchos que giran dentro de un
circulo vicioso de arrepentimientos y volver al gustazo, hasta que llega el día
en que el gustazo, aunque cada vez más los trancazos sean más fuertes, se les
convierte en algo normal o natural- “Lo
que quiero lo tengo a como dé lugar, aunque me lleve quien no me trajo y aunque
mi conciencia me siga diciendo, que lo que hago está mal”. Sigue en sus
pasiones desordenadas y desobedeciendo a Dios, como si no tuviera que darle
cuentas a nadie, y no sabe que un día todos hemos de dar cuentas a Dios de cada
cosa que hicimos (Eclesiástes 11:9, Apocalipsis 20:12,13; Hebreos 9:27) y hasta
de las que dejamos de hacer, que debíamos haber hecho.
No solo el ser humano en algún momento de
su vida les llega este sentimiento, el arrepentimiento, también Dios, el
creador del universo y de todo ser viviente, en varias ocasiones, se sitió dolido
y arrepentido (Génesis 6:5,6) de haber creado a la especie humana, viendo que
esta siempre se inclinaba a hacer el mal. Se daña a sí misma y destruye a los
demás sin contemplación. Violenta con frecuencia las leyes, principios y normas
establecidas por su Creador para la preservación de su vida y la buena interacción
social en colectividad.
La primera vez que Dios tuvo este
sentimiento, ideó un plan para hacer desaparecer de la faz de la tierra a todo
lo que había creado, no solo al ser humano, también a todos los animales, pues
era grande su arrepentimiento y el dolor que sentía por haberlos creados (Génesis 6:7). Envió un gran diluvio que no paró
durante 40 días con sus noches, hasta que todo desapareció de la superficie de
la tierra. Solo se salvó Noé, y con él su esposa, sus tres hijos con sus esposas y los animales seleccionados. Un hombre correcto y justo ante los ojos
de Dios (Génesis 7:7,21).
Después de este acontecimiento, Jehová
Dios, volvió a tener este sentimiento. Se arrepintió de haber destruido su creación con un diluvio. Su arrepentimiento fue tan genuino, que hizo un pacto
con Noé de no volver a destruir la tierra con agua. Y como recordatorio de
este acuerdo hizo aparecer en las nubes un arco colorido, el cual aparece desde
entonces, después de caer la lluvia, hasta hoy, conocido con el nombre de
arcoíris (Génesis 9:11-17). De ahí el
origen de este fenómeno natural.
El arrepentimiento es la alerta que nos
da nuestro espíritu, impulsado por el Espíritu de Dios, cuando hemos hechos
algo que nos ha producido dolor, preocupación e inquietud, que nos aleja de
Dios, que daña nuestro cuerpo y nos quita la paz.
Jehová Dios, en su infinito amor y misericordia (Romanos 5:8) hizo un último pacto con los seres humanos, a través de su Hijo Jesús. Lo
entregó para que muriera crucificado en una cruz, en plena flor de su juventud, sin nunca
haber cometido ningún tipo de delito, a fin de pagar la deuda del hombre y de
la mujer que venían arrastrando desde el huerto Edén, cuando desobedecieron por
primera vez a Dios.
En
este nuevo acuerdo se pacta que todo el que creyera en Jesucristo y recibiera
su gran sacrificio, y se arrepintiera de todo corazón e hiciera morir su cuerpo
al pecado (Romanos 8:10), éste alzaría el perdón y estaría libre de la ira
venidera de Dios, que aún está vigente, a causa del dolor y el arrepentimiento
que siempre ha sentido de haber creado al ser humano, por su constante desobediencia,
y alcanzaría la salvación, no solo la de su alma para la vida en la eternidad,
sino, para vivir armoniosamente y en amor con Dios y su prójimo durante su estadía en la tierra.
La persona que se contrista por sus hechos
y delitos, y se arrepiente con todo su ser, y si busca el perdón de Dios con
fe, de seguro que lo encontrará (Salmo 51:17). Luego, Jesucristo le da las fuerzas, si se mantiene fiel a
sus enseñanzas (Filipenses 4:13), para que no vuelva a caer en el círculo
vicioso del pecado, ya que Él está consiente de que somos carne, y como carne, somos muy débiles. Entonces, Espíritu Santo viene y hace su papel, le habla a esa persona para ponerla en alerta cuando se
encuentre amenazada por la tentación. Le ayuda en sus debilidades e intercede por ella ante el Padre Dios (Romanos 8:26).
El que se arrepiente de verdad de sus
acciones pecaminosas, da testimonio y frutos de arrepentimiento (Mateo 3:8). No solo dice con palabras que está arrepentido/arrepentida y que no lo volverá a hacer, sino, que hace una auto-orden de alejamiento del
punto de contaminación para siempre. Pero antes, debe crucificarse con Cristo y
nacer de nuevo del agua y del Espíritu, para adquirir la naturaleza de Dios, ya
que hemos sido creados a su imagen y semejanza, y vivir una vida de obediencia
y sometimiento a su Palabra. Y si tenemos una recaída, como puede suceder
porque somos débiles, tenemos a Jesucristo, quien es nuestro abogado y nos
levanta (1 Juan 2:1). Pero lo que nuca debemos hacer es pecar deliberadamente.
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