martes, 28 de agosto de 2018
martes, 21 de agosto de 2018
CRISTO VISIBLE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO COMO DIOS
Siendo
Dios invisible se hizo visible. Lo Inmaterial se hizo material sin dejar de ser
Deidad ni por un momento, con el nombre:
El Angel de Yahweh o Yahveh (Jehová en español), o Angel de Dios (el mas usado),
Señor, YO SOY. Tomó forma humana en el Antiguo Testamento a fin de preparar
el camino para la comprensión de la encarnación del Hijo del Hombre o Hijo de
Dios en el Nuevo Testamento, su eternidad y su deidad como la segunda persona
del Dios Altísimo.
En
las Escrituras antiguas podemos verlo actuando en el plan de la redención del
ser humano como un Dios que caminó, que guiaba al pueblo de Israel por su travesía
independentista hacia la tierra prometida, que hablaba, compartía alimentos y
momentos de camaradería con otros hombres. Durante estos episodios fue visto,
tocado, adorado y escuchado por ojos, manos y oídos humanos.
Conclusión
Es evidente la participación
de Jesucristo en el Antiguo Testamento junto a Jehová el Padre y al Espíritu
Santo. Lo encontramos identificado como: Jehová Dios, Ángel de Jehová o Ángel
de Dios, Admirable, Príncipe o Jehová de los ejércitos, Yo Soy el que Soy,
Melquisedec, la Roca, El Señor.
Tomó forma humana para
presentarse ante hombres escogidos por Dios. Habló, comió, bebió, caminó y
compartió con ellos diferentes situaciones e hizo milagros y prodigios. Recibió
ofrendas y adoración. Fue visible ante sus ojos, ante de encarnarse como Jesús
(el Salvador), con el objetivo de dar a comprender su encarnación como hombre,
su deidad y su obra redentora en el Nuevo Pacto.
No podemos enseñar que esas
apariciones eran del Padre, porque el mismo Jesús decía que al Padre nadie
jamás lo había visto ni había escuchado su voz; además, hay pasajes donde
aparecen dos personas llamadas, Jehova, Jehová Dios o Señor.
Esto nos lleva a concluir
diciendo que Jesucristo es el personaje principal del Antiguo y del Nuevo
Testamento, que es eterno y que es Dios; y que realmente fuimos creados a su
imagen y semejanza, porque se hizo visible en forma de hombre.
Si negamos que Jesucristo es
Dios, hacemos a Jehová y al mismo Jesús mentirosos, y no podemos considerarnos
sus testigos ni mucho menos sus discípulos, ni podemos considerar la Biblia como
la única autoridad que nos revela al Padre, ya que al negar a Cristo como Dios,
renegamos de su Palabra, y esta palabra es el Verbo que era desde el principio, y este
Verbo era con Dios y es Dios (Juan 1:1).
Este Verbo es el Mesías o Cristo
prometido en la antigüedad para pagar el precio del rescate del ser humano, que
fue vendido al `pecado cuando Adán y Eva cayeron en la tentación de Satanás en Edén.
El verbo consiste en que Dios se encarnó y vivió por treinta tres años entre
los hombres, a fin de dar a conocer al Padre y ejecutar su Plan de Redención a
la humanidad con el objetivo de que se volviera a Él. Esto no significa que son
dos dioses, sino uno solo con tres personalidades, y que una de estas es su
Hijo, la imagen de su sustancia (Hebreos 1:3).
martes, 14 de agosto de 2018
martes, 7 de agosto de 2018
CONOCER LOS NOMBRES DE DIOS NOS AYUDA A ACERCARNOS A ÉL CONFIADAMENTE
La mayoría de las personas que
se hacen llamar cristianas o aquellas que estando en la fe tienen un escaso (o
casi nada) conocimiento bíblico, cuando hablan, piensan o enseñan sobre el
Señor Jesús, en esta época, lo presentan sólo como Jesús Dios, jamás como
hombre. Creen que el que murió en la cruz fue Dios. Y esto es una gran mentira.
Si decimos que Dios murió en la cruz, estaríamos negando su eternidad y su palabra. Lo hacemos
a Él mentiroso. Ser eterno significa que él no tiene principio ni fin. No
tiene origen de familia: una madre ni un padre. Entonces, quien murió en la
cruz fue Jesús hombre, el Hijo del Hombre; el salvador de la humanidad, el Hijo
de Dios, jamás Dios como tal.
Y el Antiguo Testamento da fe y testimonio de que Cristo ya existía antes de convertirse en un hombre en el Nuevo Testamento, pues, tuvo participación directa en todo el escenario bíblico antes de su nacimiento virginal como la segunda persona de la deidad de Dios. Y el apóstol Juan introduce su evangelio diciendo que Jesús es el Verbo, que el verbo era en el principio con Dios, y que ese Verbo era Dios, y que se hizo carne y vino a la tierra y habitó en ella, y por él todas las cosas creadas fueron hechas, y de no ser así, nada de lo que ven nuestros ojos entonces existe (Juan 1:1-3).
Pienso que no hay un
dominicano o una dominicana, por poner un ejemplo, que no haya recibido la información sobre el
nacimiento y muerte de Jesús, ya que todos los años nos repiten por todos los
medios informativos la historia de su nacimiento en las festividades navideña, y
la historia de todos sus padecimientos en la cruz, en la semana santa. Pero rara
vez aparece alguien que nos enseñe la vida terrenal de un individuo común y
corriente, que vino a este mundo con una misión muy especial y extraordinaria.
Un hombre que por treinta y tres años vivió en
esta tierra en una época con su historia y en una patria específica con
identidad propia, Israel, que hoy sigue siendo parte del mapa mundial. Un sujeto que
tuvo una niñez y una adolescencia común y corriente como todos los demás. Que
creció y se desarrolló en una familia nuclear también normal, compuesta por un padre
terrenal (aunque adoptivo) llamado José y una madre conocida como María, junto
a sus hermanos y hermanas (Marcos 6:3). Una familia con su descendencia. Cosa que para algunos grupos religiosos
parecería ser un pecado para Jesús, el tener parientes directos de sangre, como
los hermanos; y como si esto fuera una deshonra para su madre María. Todo lo
contrario, el tener muchos hijos era la mayor bendición y honor para la mujer
de esos tiempos.
Además, el Apóstol Pablo menciona en una de sus
epístolas a Jacobo, llamado Santiago, obispo de la iglesia de Jerusalén, como
el hermano de sangre del Señor Jesús (Gálatas 1:18-19). Porque de no ser así, ¿por
qué cuando se refiere a Pedro, a Juan o a Bernabé, o a cualquier otro hermano
en la fe, no le dice que son hermanos también del Señor (1 Corintios 9:4-5)?
¿Y por qué pensar en Jesús
como hombre? Porque él es nuestro modelo
de vida por excelencia a imitar como hijo, ciudadano, amigo y como ente social
entregado a hacer buenas obras en pro de los más necesitados de su entorno
social. Porque, además, fue solidario, compasivo, amable, amoroso, respetuoso,
excelente maestro. Que no escatimó el ser igual a Dios, el ser Dios, para hacer
alarde y abuso de su poder, de su estatus social, de su vanagloria y vanidad, sino que
se convirtió en el más simple siervo para servir con entrega, amor y humildad (Juan 13:14-15) y ser nuestro ejemplo.
Siempre estuvo atento al dolor
y a las necesidades del menesteroso, pues conoció el dolor, la tristeza y la
pobreza. Fue tentado en todo como es tentado cualquier humano, y de cada tentación
salió airoso. Fue experimentado en el
sufrimiento, sometido a todas las necesidades fisiológicas, emocionales y espirituales, ya que
tuvo necesidad de dormir, comer, tomar agua, desocupar su vejiga e intestinos,
descansar, trabajar, orar constantemente, ser lleno del poder del Espíritu de
Dios (Lucas 4:1). Completó el ciclo de todo ser vivo: nacer, crecer y morir. Se sentía a gusto entre las gentes sencillas y
lloraba con los que lloraban.
Tener presente a Jesús cien
por ciento hombre, además de ser cien por ciento Dios, nos lleva a querer vivir
como él vivió, a tratar de imitar su carácter, a saber, que, si Él pudo, todo
humano puede. Nos lleva a jamás pensar que para él todo fue muy fácil y senillo
por ser Dios. Que pudo soportar el dolor y el sufrimiento por ser Dios. Él sufrió
en carne viva como todo un ser humano. Como tu y yo.
Porque,
además de darnos a conocer a su Padre Dios, el Creador de todas las cosas y
diseñador del Plan de Salvación, que vino a rescatarnos del mal y a ofrecernos su
salvación y vida eterna, llegó a esta tierra a enseñarnos a cómo vivir en ella siendo
hijos sinceros del Dios Altísimo, a como amarlo por encima de todas las cosas y
a cómo se puede amar al prójimo como a uno mismo. Además, nos enseñó con su ejemplo
a cómo ser el mejor amigo o amiga y el mejor ciudadano o ciudadana, responsable
de sus deberes ciudadanos.
El fue un hombre con una vida
ordinaria, creció en una zona rural entre campesinos, agricultores y
granjeros. Era conocedor de las cosas
que hacía cada uno. Y según sus enseñanzas en parábolas, podríamos decir que
hasta llegó a ejercer algunos de los oficios de estas personas (Mateo 13:3-9), aparte
de ejercer el oficio de su padre José, la carpintería. Pues, en ninguna de sus metáforas se observa
la mención de la vida urbana de las grandes ciudades de Galilea. Todas sus
enseñanzas están relacionadas con la vida rural. Se puede ver en ellas a un
hombre que tenía su corazón en el campo.
Según los evangelios, Jesús
creció en la aldea de Nazaret, la cual abandonó cuando inició su ministerio
(Mateo 4:13). Y cuando volvió a ella, un tiempo después, sus conciudadanos se
extrañaron al escuchar y ver las cosas sobre humanas que hacía, ya que lo
conocían muy bien. Había vivido treinta años entre ellos y nunca les dio indicio
de sus poderes sobrenaturales, aunque era un hombre muy inteligente, ni de
tener algún don de curandero. Nunca vieron en él ninguna señal de niño prodigio
en su infancia o en su adolescencia, sino a un niño gracioso y sabiondo. Pero sí,
todos lo identificaban por el oficio que desempeñaba.
Es de ahí que se preguntaban- “¿De
dónde sacó éste tales cosas? —decían maravillados muchos de los que le oían—. ¿Qué sabiduría es esta que se le ha dado?
¿Cómo se explican estos milagros que vienen de sus manos? ¿No
es acaso el carpintero, el hijo de María y hermano de Jacobo, de José, de Judas
y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?” (Marcos 6:2-3).
Y aunque es verdad que Jesús
fue un laico autodidacta y que no fue educado por ningún célebre rabino, hay
que reconocer, sin embargo, que su locución si se comparara con los eruditos de
aquella época no tendría nada que envidarle, por lo que podemos alegar que Jesús
no tenía nada de analfabeto, como algunos piensan. Actuaba
con mucha desenvoltura tanto en el conocimiento de las Escrituras sagradas de su pueblo, de las legislaciones gubernamentales y de toda tradición oral, por lo que era capaz de abordar cualquier tema de forma magistral.
Todo esto demuestra que no
había ningún misterio en su origen y que era cien por ciento hombre. Aunque hay
que reconocer, que es difícil imaginar o prever lo insólito, lo inesperado de
la vocación de un hombre aparentemente normal y corriente, al que la gracia de
Dios iba a llevar a donde nadie lo imaginaría. Por lo que para sus aldeanos era
difícil asimilarlo. Solo tenían la capacidad para identificarlo como un aldeano
común y corriente como cualquiera de ellos.
Pero todo lo contrario sucede
con la mayoría de los cristianos de esta época. Pensamos en un Jesús cien por
ciento Dios solamente, y no nos detenemos a reflexionar que fue un ser humano
normal como uno de nosotros, que pudo haber caído en las tentaciones y haber
renegado el morir en una cruz por los injustos y malos, pues, no le era
indiferente el sufrimiento lento e intenso que este tipo de muerte ocasionaba
ni la afrenta que conlleva, ya que era maldito todo el que moría colgado en un
madero (Gálatas 3:13). Y a pesar de todo se sometió a estos padecimientos por
el rescate de muchos. El justo por los injustos para llevarnos al Padre Dios,
siendo muerto en la carne, pero vivificado en su espíritu (1 Pedro 3:18).
Él sabía a qué había venido a
la tierra, lo que quería y hacia donde se dirigía. Estaba bien definido. Su
carácter firme, consciente y decisivo lo llevó a someterse a la obediencia
total de los mandamientos de su Padre; por lo cual alcanzó el más alto honor y
un nombre que es sobre todo nombre, dado jamás a hombre alguno, ante el cual
toda rodilla debe doblarse, darle honor, honra, adoración y toda gloria, y
reconocerlo como el Señor de señores.
Si tuviéramos presente a un
Jesús que fue hombre y que a la vez fue y es el mismo Dios que estuvo durante unos
años en la tierra, no sólo lo pensáramos como nuestro salvador y señor de
nuestras vidas, y como la manera de vivir un día en el cielo junto a ÉL
eternamente, sino que, al mismo tiempo, pod pensarlo como el único ser
humano que se puede imitar para tener una vida digna, honorable, apegada a las
buenas obras y a toda clase de bien en esta tierra. Que podemos aprender de ÉL
que fue manso y humilde de corazón (Mateo 11:29) y tener una vida terrenal
saludable para sí mismo o misma y para la colectividad circundante.
martes, 31 de julio de 2018
DIOS ÚNICO Y PLURAL A LA VEZ
Introducción
Israel
era un pueblo que estaba rodeado por naciones politeístas, además, habían vivido más
de cuatrocientos años como esclavos en una nación (Egipto) que adoraba cerca de una docena de dioses.
A la vez que, el mundo de la antigüedad adoraba a infinidades de deidades. Es por lo que,
en casi todos los libros que componen lo que hoy conocemos como el Antiguo
Testamento, sus escritores hacen énfasis en que hay un único Dios. Pero también encontramos algunos textos que insinúan que esa unicidad incluye pluralidad.
El
pueblo tenía que entender, comprender y aceptar que no había más que un único
Dios, que no había nadie fuera de ÉL; y que todos los demás dioses eran falsos
y un engaño, pues no había vida en ellos, sólo existían en las mentes de los
idolatras. Es posible que debido a esto no se enfatiza la pluralidad de Dios en el
Antiguo Testamento con la claridad con que aparece en el Nuevo, no sea que fueran a
adorar tres dioses. Además, cuando Dios Hijo se encarnara ¿Cómo iban a
entender este fenómeno?
Cuando
estudiamos la naturaleza de Dios podemos observar la acción individual de las
tres personalidades que conforman su esencia en ambos Testamentos. Muchos
pasajes bíblicos del Antiguo Testamento, mientras enseñan que hay un único
Dios, también insinúan que este Dios único, es, en cierto sentido, Plural.
“Oye,
Israel: Yahweh (Jehová) nuestro Yahweh Elohim
(Jehová Dios), Yahweh uno es”.
Deuteronomio
6:4
Conclusión
Por
todos los textos bíblicos resaltados en las diapositivas anteriores, que
insinúan e infieren la Trinidad de Dios, los cristianos y cristianas reciben
esta doctrina como fiel y verdadera, aunque es un misterio de difícil
comprensión. Reconocen que sólo hay un único Dios con una naturaleza definida
en tres personalidades consustancial la una con la otra. Cada una con una misión diferente en el Plan
de Salvación y Redención ofrecido a la humanidad por YAHWEH o YAHVEH (Jehová Elohim).
Pero
este misterio podemos entenderlo mejor si sabemos que el ser humano fue creado a
imagen y semejanza de Dios, y que éste es una criatura tripartita; pues su
conformación esencial está formada también por una trinidad: cuerpo, alma y
espíritu, consustancial la una con la otra, porque a falta de alguna de las tres,
el cuerpo no tendría vida.
Cada parte tiene funciones diferentes, aunque no pueden accionar separadas, a
diferencia de la trinidad de Dios, ya que se le observan accionando en las Escrituras
con cualidades de personas, cada una por separado, pero ninguna lo hace por su
propia cuenta, ya que una es parte de la esencia de la otra. El Padre y el Hijo
uno son, y el Espiritu Santo viene de los dos. Y esa esencia aparece expresada
en los manuscritos antiguos judíos como ELOHIM (Dios) - ELOHA (ÉL) = YAHWEH
(UNO), IM (ellos).
Negar
la deidad de Dios, su unicidad y pluralidad a la vez, es llamar mentiroso a:
primero al Dios Padre, luego a Jesucristo, al Espiritu
Santo y a los apóstoles y todos los demás escritores bíblicos que
hacen referencias sobre sus tres personalidades definida en una sola.
Es
como negar totalmente la Palabra de Dios, ya que su esencia es el Verbo,
y el verbo es Cristo. Quien envió al Espiritu Santo para que
viviera con el creyente para siempre; consolándolo, moldeando su carácter a la
semejanza de Cristo, y guiándolo hacia el crecimiento en santidad y hacia el
dia de la Redención, cuando Cristo regrese por segunda vez.
El Espiritu Santo es quien personaliza en nuestras vidas
el evangelio de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, diseñado por el Padre Dios.
martes, 24 de julio de 2018
La autenticidad y autoridad de la Biblia
Introducción
La línea conductora de la
Biblia es la ALIANZA (el pacto). ¿Qué es una alianza? Es el compromiso
asumido entre dos o más personas. Por ejemplo, los novios usan alianzas
(anillos) para mostrar que se eligieron y se comprometieron el uno con el otro.
Para ellos, este compromiso significa y enuncia una relación de amor y
fidelidad, que se supone que durará hasta que la muerte los separe.
Cuando leemos la biblia,
debemos estar atentos para percibir cómo cuenta la alianza entre Dios y los
seres humanos. Es como la alianza entre los novios y los esposos. Surge de la
libre elección de Dios y de la libre respuesta del ser humano (lo tomas o lo
rechazas).
Esta alianza entre Dios y el sujeto se manifiesta como
una relación de compromiso, o sea, una correspondencia en que uno y otro se
imponen. Es expresado a través del amor que engendra en el individuo una nueva
vida en sentido general, por medio de la fidelidad que produce una relación de
libertad y de liberación, a través del vínculo amoroso entre Dios y él.
Dios es fiel y mantiene su compromiso
amoroso para siempre. Pero la historia de la alianza también tiene su punto
trágico, pues el hombre y la mujer, en su libre albedrío, puede decir sí o no a
la propuesta de Dios. Tienen la libertad de ser fiel o infiel al compromiso de
la alianza con Él. Pueden elegir entre la vida o la muerte para sí mismos, la
libertad o la esclavitud.
Los cristianos y las
cristianas somos partícipes de esa alianza con Dios. La lectura de la Biblia es
el medio por el cual descubrimos si somos participantes fieles o infieles en
el compromiso que hemos asumidos con Él. Pues, el centro de esa alianza es
Jesucristo.
Conclusión
La autenticidad de la Biblia
está definida en su carácter y en la confiabilidad en su contenido. Es llamada
Palabra de Dios debido a que cada autor de los diferentes libros que la
componen, fueron inspirados por el Espiritu Santo para hacer sus exposiciones y
narraciones, siendo Dios el autor del contenido genérico. De la misma manera, el
Espiritu Santo inspiró a los exegetas que hicieron consensos para elegir los libros
que formarían su conjunto.
Al mismo tiempo, la Biblia es en sí misma
inspiradora, ya que ha inspirado y sigue inspirando la escritura de otros
libros; y que sigue inspirando aún a ser diferente y a tener una mejor vida,
llena de buenas obras, a quien la lee con humildad, fe y actitud de aprendizaje.
Jesucristo es el pacto central
del Antiguo y del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento es la Palabra suprema de Dios sobre
la promesa del mesías, en pro de la
salvación del ser humano. Y en el Nuevo Testamento es la concretización
encarnada de esa promesa en Jesús, la Palabra suprema de Dios. El Verbo
hecho visual. La demostración del amor y la fidelidad eterna de Dios.
Leer y estudiar la Biblia de manera continua y
sistemática, debe ser prioridad en la vida del cristiano y la cristiana. Ella
es el espejo que nos dice si estamos siendo fieles o infieles a Dios.
Para encontrar la verdad en la
Biblia, debemos leerla con necesidad y deseo de búsqueda, con actitud de
humildad y de oración, pidiendo la ayuda siempre al Espíritu Santo para poder
recibir la palabra exacta que Dios tiene para nosotros en cada una de nuestras
circunstancias.
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